Imaginemos por un momento la escena de unos padres que intentan consolar a su pequeño hijo de tres años tras haberse lastimado una rodilla. Los padres no le hablan al niño con términos médicos complejos, ni usan conceptos abstractos o vocabulario formal. Por el contrario, se agachan, se ponen a su altura, miran al niño a los ojos y adaptan sus palabras a un lenguaje sencillo, cálido y comprensible para que el pequeño pueda experimentar plenamente su consuelo y amor.
Esta sencilla imagen refleja de forma admirable la manera en que Dios ha decidido salir al encuentro de la humanidad a lo largo de la historia. San Juan lo expresa con una claridad insuperable en el inicio de su Evangelio:
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1: 14).
Dios no permaneció en una distancia inaccesible hablándonos en un lenguaje incomprensible; al contrario, en Jesucristo, la Palabra eterna se vistió de nuestra propia naturaleza humana para revelarnos el amor del Padre y ofrecernos la salvación eterna.
A partir de esta gran verdad de nuestra fe surge una interrogante muy profunda y frecuente entre los creyentes: ¿está mal traducir o actualizar el lenguaje de la Biblia a formas contemporáneas? Para responder con rectitud y paz en el corazón, debemos dirigir la mirada hacia nuestro Señor Jesucristo, quien es el centro supremo de la Escritura y la plenitud de toda la revelación divina.
Dios habla en lenguaje humano
Cuando el Hijo de Dios vino al mundo, no habló en un dialecto celestial que requiriera un conocimiento técnico o reservado a unos pocos. Jesús habló en arameo (aunque algunos autores habla de Griego-Coime), la lengua cotidiana del pueblo sencillo de su época. Utilizó parábolas tomadas de la vida diaria: la siembra en los campos, la pesca en el lago, el ama de casa que busca una moneda perdida o el padre que espera con amor el regreso de su hijo. Jesús tomó las realidades humanas más cotidianas para comunicar las verdades eternas del Reino de Dios.
Si consideramos el Nuevo Testamento, los sagrados autores inspirados por el Espíritu Santo no escribieron en el griego culto y poético de los grandes filósofos, sino en el griego koiné, que era el lenguaje común y popular que se hablaba en las calles, en los mercados y en los puertos de la época. ¿Por qué razón? Porque el deseo del Señor es que su mensaje redentor alcance a todo corazón.
La Sagrada Escritura nos enseña que el Evangelio es
«fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Romanos 1: 16).
Por lo tanto, acercar la Palabra de Dios a la lengua viva de las personas no solo no está mal, sino que es una exigencia intrínseca de la misión que Cristo confió a su Iglesia. Si el lenguaje de un texto sagrado se vuelve tan obsoleto que la persona común no puede comprender la gracia que se le ofrece, el propósito de la proclamación se ve gravemente obstaculizado.
Fidelidad al mensaje y claridad para el corazón
Ciertamente, existe un límite fundamental que debemos considerar con suma reverencia. Actualizar o traducir el lenguaje de la Biblia jamás debe significar alterar, recortar o acomodar el mensaje de nuestro Señor Jesucristo para complacer las modas del mundo o evitar las exigencias del Evangelio. La Palabra del Señor es inalterable, como nos lo recuerda el Apóstol san Pedro:
«La palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1: 25).
La traducción de la Sagrada Escritura requiere una doble fidelidad:
Fidelidad al depósito de la fe: Conservar íntegra la verdad revelada sobre la divinidad de Cristo, su sacrificio redentor en la cruz, su resurrección gloriosa y sus mandamientos.
Fidelidad al lector: Presentar esa verdad viva con un lenguaje que hable directamente a su mente y a su corazón en el contexto sociocultural en que vive.
Cuando una traducción bíblica busca que un joven, un trabajador o un anciano entienda con total claridad que Jesucristo dio su vida en la cruz para salvarlo de sus pecados, esa traducción está cumpliendo fielmente el mandato del Señor. San Pablo expresaba este mismo celo apostólico cuando decía:
«Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Corintios 9: 22).
Jesucristo, la única fuente de vida eterna
En la vida cotidiana, a menudo buscamos respuestas en múltiples lugares: en libros de autoayuda, en filosofías humanas o en entretenimientos pasajeros que dejan el alma igual de vacía. Sin embargo, cuando abrimos la Biblia en nuestro propio idioma y entendemos con nitidez la voz del Señor, experimentamos lo mismo que sintió el apóstol Simón Pedro cuando le dijo a Jesús:
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6: 68).
No debemos temer a la diversidad de traducciones o modernizaciones siempre que mantengan la fidelidad a la verdad del Evangelio. La riqueza de tener la Escritura en un lenguaje cercano nos permite contemplar con mayor claridad la persona de Jesucristo, el único Señor y Salvador. Al leer pasajes donde el Señor nos dice:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14: 6)
la claridad de las palabras nos confronta directamente con una decisión de fe: rendir nuestra vida ante Aquel que nos amó hasta el extremo.
Un llamado a profundizar en la Palabra de Cristo
Traducir y hacer accesible la Escritura tiene un único fin sagrado: que conozcamos a Cristo, lo amemos y nos dejemos transformar por Él. Leer la Biblia no es un mero ejercicio intelectual o histórico; es un encuentro vivo y personal con la Persona de Jesús. Como bien nos enseña la tradición de la Iglesia desde los primeros siglos, desconocer las Escrituras es desconocer al mismo Jesucristo.
Si hoy tienes la bendición de contar con una versión de la Biblia que puedes comprender con fluidez en tu idioma materno, no dejes pasar el día sin acudir a ella. Lee los Evangelios con la certeza de que el Señor resucitado te habla hoy a través de esas páginas. Permite que su voz moldee tu forma de pensar, de hablar y de tratar a tus semejantes en el trabajo, en la familia y en la comunidad.
Jesucristo es el centro indivisible de la Palabra de Dios. Todo el Antiguo Testamento apunta hacia su venida, y todo el Nuevo Testamento da testimonio de su victoria sobre el pecado y la muerte. Que la cercanía del lenguaje bíblico sea para todos nosotros una invitación permanente a doblar la rodilla ante Jesús y a proclamar con gozo que solo en Él se halla la salvación plena.
